miércoles, 22 de febrero de 2012


CARACOLA DE VOCES

El hijo de la tiznada de Carmen Baez
Por Hena Carolina Velázquez Vargas*

Un semillero de varios de los cuentos significativos en mi breve trayecto por la cuentería es la antología temática los cuentos de El Cuento, la revista que en 1964 fundó el escritor y periodista Edmundo Valadés, quien desde México fue uno de los más importantes promotores de este género literario en la América Latina de las últimas décadas del siglo XX.
Aunque al parecer se publicaron más, yo sólo poseo tres tomos que recogen 143 historias que dan cuenta de varias joyas clásicas y contemporáneas de la literatura universal y latinoamericana. La infancia es la protagonista en el primero, el segundo recrea la picardía amorosa --“casi siempre los ardides, sutilezas y malicias femeninas”-- y hay una selección de una variedad de relatos de humor en el tercero.
Edmundo Valadés dejó su huella para bien de quienes amamos los cuentos, tanto de la tradición oral como de la literatura, fue autor de La muerte tiene permiso, un microcuento que hoy se considera modelo en la narrativa mexicana del siglo XX. Estuvo al frente de la revista El Cuento
durante 30 años hasta su muerte en 1964 y por mantener este importante proyecto fue merecedor del Premio Nacional de Periodismo en 1981.
Estas tres antologías las he leído y repasado en distintas ocasiones, siempre encuentro novedades y sorpresas en ellos.
Esta costumbre me llevó por estos días a encontrar en el primer tomo –Con los tiernos infantes terribles-- la voz de Carmen Baez, una mexicana que nació en 1910, entregó su palabra a la poesía, el trabajo periodístico y los cuentos, y que según la información publicada en la Web sigue viva y con 102 años.
De las habilidades creativas de esta autora se dice que logra captar con especial habilidad y
destreza los sentimientos y aspiraciones de sus personajes femeninos. Como bien se explica en la antología El hijo de la tiznada, que así se llama el relato de Carmen Baez, refleja su agudeza “al narrar cómo la sensibilidad infantil puede ser conmovida más profundamente por un hecho que para los demás es trivial”.
He aquí la historia que aunque es literaria, me lleva a la resonancia de la anécdota cotidiana tan presente en la tradición oral.
El hijo de la tiznada saltó la barda de su casa. Detrás del solar de doña Luz estaba la calle, la otra calle, con sus piedras untadas de sol, que se hacían musicales bajo los cascos de los caballos. En la mañana, alguien lanzó al viento una voz:
-¡A’i viene el de la arracada!
Lo dijo en tono velado, al oído de alguno, y la voz hizo eco en la boca de todas las mujeres, y de todos los hombres, y de todos los niños; y fue creciendo, creciendo hasta llegar a la torre del pueblo, en donde los cerrojos de los máuseres parecían cuchichear en las manos de los hombres:
-A’i viene el de la arracada…
Encerraron a todas las muchachas en el subterráneo del cuarto viejo, y los hombres huyeron hacia el cerro. En la casa, cerrada, los niños asustados se acurrucaban detrás de la madre, que rezaba para que los hombres no se mataran.
La niña fea no tenía miedo. Ella sólo quería ver a los rebeldes. Y en tanto que los hermanitos lloraban cerca de la madre, ella acercó su sillita a la ventana de la huerta y trepó con gran trabajo. Después se deslizó por las ramas de un durazno y cayó al suelo. Corriendo atravesó la huerta y saltó el portillo de la barda. Ya en el corral de doña Luz se sintió libre, feliz. Desde allí se oían las voces de los soldados en la calle ancha.
Aquello parecía una fiesta. Una gran fiesta. Bajo la lumbre del sol, la niña abrió sus ojos en azoro.
Corriendo entre las patas de los caballos llegó a la plaza. Estruendo de clarines y de voces, basura, gente. En los portales hacían lumbradas las mujeres sucias, y asaban carne para que los soldados comieran.
Frente a la tienda de doña Ignacia había una gran mancha de gente. La niña fea se acercó: estaban matando a un buey. Primero mugidos de angustia. Luego sangre. Carne roja. Sangre, sangre, mucha sangre. Bajo el oro de la tarde corría la sangre en arroyitos calle abajo.
La niña tenía miedo. Se echó a llorar. Una soldadera de ojos verdes, enormes, la tomó en sus brazos; le dio un trozo de azúcar y secó sus lágrimas con la falda roja:
-No llores, tonta, voy a llevarte a tu casa.
Del mesón de don Luis salían seis hombres, tranquilamente. Cinco eran rebeldes; el otro era un hombre joven. Llevaba una camisa roja, negra de mugre.
-Lo van a matar –dijo alguno.
La soldadera de los ojos verdes preguntó:
-¿Por qué van a matarlo?
-Porque es un hijo de la tiznada…
Nadie se atrevió a protestar. Lentamente llegaron al centro de la plaza. El hombre joven, muy tranquilo, se paró frente a los otros cinco. Levantaron sus armas y se oyeron disparos. Él se dobló poco a poco, parecía no tener mucha prisa, y se quedó tendido en el suelo. Después, los mismos hombres, también tranquilamente, lo levantaron entre cuatro, y volvieron a meterlo en el
mesón. Sólo tenía en la frente un agujerito negro y un hilito de sangre. Ni un gesto, ni una protesta, nada.
La niña fea, muy tranquila, abrió sus ojos negros más y más.
Aquella era una fiesta rara. Pero no sintió ganas de llorar. Cuando levantó la frente, vio que los enormes ojos verdes de la soldadera estaban llenos de lágrimas. “Que mujer tan extraña –pensó-. Me dijo tonta porque lloré cuando mataron al buey, y ella está llorando ahora así nomás, por nada”. Era una mujer buena. De la mano la llevó hasta su casa y la entregó a su madre. Después se fue calle arriba, lenta, con su falda roja y sus enormes ojos verdes.
Cuando la niña quedó sola con su madre, dijo:
-Vi matar, mamita
-¿Qué?
-¡Un buey! –y ocultó su cabeza en el regazo de la madre, como si quisiera allí olvidar la tragedia que vio frente a la tienda de doña Ignacia. Lloraba amargamente, desconsoladamente.
-No llores, pequeña…
Y cuando los besos de la madre la hubieron calmado, contó ya tranquilamente, sin asomo de amargura, como si hablara de algo trivial, sin importancia:
-También mataron a un hijo de la tiznada…
*Integrante del equipo de Cuenteros y Cuentistas. Becaria del FONCA 2012. Periodista, terapeuta Gestalt especializada en trabajo corporal y narradora oral.

1 comentario:

  1. Hola, buenas tardes. Me encantó su post. Estoy trabajando sobre la escritora y me gustaría saber: usted tiene todas las obras de carmen baez o solo este cuento. De antemano muchas gracias por su respuesta. Saludos

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